Desde que el concepto de igualdad se asocia a utopías comunistas imposibles de realizar (con las normas de juego vigentes), la corriente socialdemócrata (sin llegar a aceptar del todo que la maquinaria neoliberal le había ganado la partida por goleada) comenzó a hacer uso del término «equidad».

Es curioso, porque significa «igualdad de oportunidades», la propensión ya no es garantizar la plena igualdad sino la oportunidad de que tú mismo la consigas a base de esfuerzo.

El esfuerzo, otro término glorificado, frases típicas de hoy día: «si te esfuerzas lo conseguirás», «todo depende de tu esfuerzo»…
¿Estamos ante un brindis al Sol? ¿Solo con esfuerzo?

Ahora bien, deberíamos analizar un poco la procedencia política del término equidad.
Procede de una derrota: las aspiraciones socialistas hacia la plena igualdad. Y de una victoria: las normas de juego liberales a nivel mundial.
¿Qué porcentaje de cada parte tiene dicho concepto? Está claro que para haber podido sobrevivir en el vocabulario y vida neoliberal, tiene que haberse empañado bien de su espíritu…

Vayamos con un ejemplo:
Un sistema educativo equitativo, dónde no se discrimina por «quién eres», simplemente se hacen exámenes sin tener en cuenta la estratificación social, tampoco se aplican políticas positivas que apoyen eficientemente a los más desfavorecidos. ¿Estamos ante un sistema eficaz? Suena justo ¿verdad? Exámenes y metas ¡Punto!
Podríamos asentir rápidamente con la cabeza, pero, recuerda que hemos dicho que el sistema es equitativo, «igualdad de oportunidades», únicamente el esfuerzo es el que moverá la balanza a un lado u a otro.
¿Tienen el mismo poder adquisitivo todos los padres de los alumnos? ¿La planificación del currículo escolar es suficiente sin extraescolares, o es necesario un desembolso extra?

La teoría del esfuerzo es peligrosa, y puede crear mucho desapego y frustración social. No hay nada más relativo que el esfuerzo, sobre todo si no se tiene en cuenta el punto de partida de cada estrato social, las peculiaridades de cada unidad familiar, ya no solo a nivel económico, también de salud, mental, familiar, geográfica…

Generalizar en una sociedad tan compleja como la de hoy día, con un nivel de interdependencia tan grande a tantos niveles, es un grandísimo error. Y muchos habremos escuchado: «Yo también lo he pasado mal, mi familia es humilde y mis hijos han conseguido X o Y, por lo tanto, si yo he podido hacerlo…».
¿Alguien puede decirme en qué mundo tan simple y pequeño vive esta persona? ¿De verdad no somos capaces de empatizar? ¿No somos capaces de entender la complejidad de este sistema?

Es cierto que la igualdad social plena es una utopía hoy día. Para conseguirla deberíamos cambiar muchas estructuras procedimentales, es un problema de bases. Pero la equidad es posible en un sistema como el nuestro, es un híbrido, una tercera vía entre aquel socialismo y el neoliberalismo actual.
Es necesario entender que el esfuerzo no lo es todo para la equidad, hay una herencia personal invisible en cada persona, transgeneracional, que no se ha elegido.

Si queremos hablar de equidad, y enorgullecernos de un sistema justo y equitativo, es necesario un paquete de medidas positivas (eficaces) que haga partir a todos los ciudadanos desde el mismo punto, o al menos ajuste al máximo y tienda a eliminar esas herencias transgeneracionales.

El esfuerzo pues, no es la única variable.

Herencia socioeconómica