Escuchamos a diario hablar en los medios de comunicación a nuestros políticos calificándose de «socialdemócratas«, «liberales«, «democrata-cristianos«… todo ello en un marco de política social y de bienestar, pero ¿que hay detrás de estos calificativos?

Expliquemos grosso modo:

El sociólogo danés Gøsta Esping-Andersen, ha hecho un trabajo excelente analizando estas tendencias de política social actuales en su publicación: «Politics Against Markets: The Social Democratic Road to Power«.

Este libro de Esping-Andersen tiene un precio elevado y además en lengua inglesa, por ello os facilito al menos la esencia de dichas reflexiones, para que a partir de ahora deis sentido a esas corrientes:

Régimen Socialdemócrata: Se basa en un Estado de bienestar fuerte, no solo provee generosas transferencias sociales (desempleo, maternidad, vejez…) sino que también se encarga de crear una red de servicios sociales (educación, sanidad…) universalmente accesibles. De este modo maximiza la capacidad de los ciudadanos para mantener un nivel de vida digno sin necesidad de contar con ingresos laborales, es el conocido salario social. Este sistema de bienestar se financia con impuestos generales, recaudados mediante un aparato fiscal marcadamente progresivo que asegura que los que más tienen son los que más pagan. En estos regímenes, las políticas activas de inserción en el mercado laboral, el destacado papel del Estado como empleador y una fuerte presencia de las mujeres en el sector público contribuyen a mantener altas tasas de empleo. Otro resultado de este tipo de régimen son las bajas tasas de pobreza o exclusión social. Empíricamente, los países nórdicos son los que más se aproximan a este modelo, siendo Suecia el caso prototípico.

Régimen Liberal: Consiste en un Estado de Bienestar que interviene lo menos posible en el mercado laboral, siguiendo los principios del laissez-faire. Generalmente el Estado se limita a prevenir casos de pobreza extrema (que nadie muera de hambre, actualmente se dice que viven en pobreza extrema la población que tiene un poder adquisitivo inferior a 1,9 dólares internacionales al día). Confía en los mecanismos del mercado para generar y distribuir la riqueza. Sin un seguro de desempleo ni pensiones públicas que garanticen que los trabajadores mantienen su nivel de vida después de retirarse, cada individuo es el responsable principal de mantenerse a sí mismo. Por eso es característico del régimen liberal una alta tasa de empleo, tanto en hombres como en mujeres, aunque con salarios bajos (alta tasa de precariado). El seguro de salud depende típicamente de si se tiene un buen trabajo. Como el Estado recauda relativamente pocos impuestos y redistribuye pocos recursos, este diseño institucional se traduce en un alto grado de desigualdad y pobreza. Los representantes de este modelo son principalmente los países anglosajones, siendo los Estado Unidos el caso real que más se acerca al tipo ideal del régimen liberal.

Régimen Demócrata-Cristiano: Se manifiesta en un Estado de bienestar con un nivel intermedio de intervención en el mercado laboral. El principio de la subsidiariedad (originada por la doctrina social de la Iglesia Católica) postula que los miembros de cada familia deban ayudarse mutuamente antes de que otros miembros de la sociedad civil o, en última instancia, las instalaciones públicas intervengan en los asuntos personales. Al mismo tiempo, el corporativismo otorga un protagonismo especial a los grandes agentes sociales (sindicatos y patronal) en la regulación del mercado de trabajo. Su sistema de Seguridad Social depende de las cotizaciones, ligadas al empleo remunerado. Tanto las pensiones como las presentaciones por desempleo reproducen las desigualdades del mercado. Por otro lado, hay un sistema de asistencia social que evita las tasas de pobreza elevadas o las situaciones de necesidad. El sistema fiscal, al incentivar la inactividad económica o el trabajo a tiempo parcial de la mujer, apoya un modelo de familia en el que suele haber un único sustentador (marido o padre). La mayoría de países de la Europa continental se asemejan a este modelo de régimen conservador, siendo Alemania la más afín.

Pero, hay más. Esping-Andersen no sabía cómo clasificar los Estados de la Europa meridional: España, Portugal, Italia, Grecia… (Los viejos Estados ISI europeos) Por este motivo, posteriormente añadió la categoría de Régimen Fragmentado, la cual expongo a continuación:

Régimen Fragmentado: Tiene algunos puntos en común con el régimen demócrata-cristiano (sobre todo el tipo de sistema de Seguridad Social basado en cotizaciones proporcionales al salario). Sin embargo, a diferencia del modelo conservador, el sistema de salud es universal y se financia mediante impuestos generales (típico de regímenes socialdemócratas). Además el régimen fragmentado se caracteriza por una desigualdad de género muy pronunciada (en sentido comparado), un alto porcentaje de mujeres no desempeña trabajo remunerado. En general, la brecha social alimentada por la dualidad del mercado de trabajo (separación de trabajadores en «insiders o integrados» y «outsiders o excluidos») parece reforzar las desigualdades. Tampoco existe un sistema eficaz de asistencia social. Este «batiburrillo de políticas y tendencias» de los sistemas fragmentados de la zona europea-mediterránea, tiene su base en la falta de cultura política y democrática, históricamente asociados a largos periodos dictatoriales, grandes casos de corrupción y desafección ciudadana. En este sentido, se parecerán más a uno u otro régimen dependiendo del color del gobierno de turno y la estabilidad que este consiga.

Políticas de bienestar